
El concilio de Constantinopla II (553) introduce la referencia de la virginidad perpetua de María: “Tomó carne de la gloriosa Theotokos y siempre virgen María”. El Papa Martín I convoca en el concilio de Letran (649) donde en el tercer canon del concilio se afirma en forma dogmática la perpetua virginidad de María: “Si alguno no confiesa, según los santos padres, que la santa y siempre virgen e inmaculada María sea en sentido propio y según verdad madre de Dios, en cuanto propiamente y verdaderamente ha concebido del Espíritu Santo, sin semen, y ha dado a luz, sin corrupción, permaneciendo aún después del parto su indisoluble virginidad, al mismo Dios Verbo, nacido del Padre antes de todos los siglos, sea anatema”.
Este concilio aunque no fue ecuménico, de toda la Iglesia, sin embargo después el Papa Martín I envió cartas a todas las iglesias de Oriente y Occidente, para que todos los fieles cristianos aceptasen estas verdades piadosas de la recta doctrina. Es considerado por lo tanto como un dogma mariano para la Iglesia universal.
La virginidad de Santa María puede entenderse en un triple sentido:
Virginidad de mente, es decir, un constante propósito de virginidad, evitando todo aquello que repugna a la perfecta castidad. Este es el llamado aspecto espiritual o de entrega total a Dios.
Virginidad de sentidos, o sea, la inmunidad de los impulsos desordenados de la concupiscencia. Este es el llamado aspecto moral.
Virginidad del cuerpo, esto es, la integridad física jamás violada por ningún contacto de varón.
El dogma mariano del cual ahora tratamos se detiene a considerar, principalmente, la integridad corporal de Santa María, y así la Iglesia nos enseña que María Santísima:
-Era Vírgen al concebir a Nuestro Señor (antes del parto)
-Fue Vírgen al dar a luz al Señor (en el parto)
-Permaneció Vírgen después del nacimiento de Cristo (después del parto).
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